
Soy pez. Pero ya no me acuerdo. Estoy nadando, pero ya no recuerdo lo que estaba haciendo. Miro a través de un clistal pero ya no recuerdo lo que estoy viendo. Soy un pez, pero ya no me acuerdo.

Soy pez. Pero ya no me acuerdo. Estoy nadando, pero ya no recuerdo lo que estaba haciendo. Miro a través de un clistal pero ya no recuerdo lo que estoy viendo. Soy un pez, pero ya no me acuerdo.

Me he enrollado una bufanda al cuello y poco a poco ha empezado a girar sobre mi cuerpo, bajando por los hombros, abrigando mi pecho, hasta que nos hemos fundido en un largo abrazo, hasta convertirnos en abrigo de lana y vendernos en un mercado a las afueras de una ciudad. Nos ha comprado un hombre muy mayor, solitario, con una casa destarlatada y fría. Un hombre sobrio que cuida sus cosas y le duran una eternidad. Nosotros le abrigamos en silencio mientras él pasa los días de mercado en mercado, mirando macetas, puestos de frutas, tiendas de trenes en miniatura y postales antiguas de actrices y playas, escritas por desconocidos que desean lo mejor a familiares enterrados. Y cuando alguien le saluda sacamos pecho para que le luzca el abrigo como si lo acabara de comprar en una tienda de moda de gente joven de hace muchos años, en alguna otra ciudad.

El miedo te agarra por el cuello y te estrangula hasta perder la voz.

Ayer me tumbé en el sofá y traté de ordenar la casa con el poder de mi mente. Me concentré tanto en ello, que conseguí dejar de ver el desorden.

No quiero que me cuentes tu vida, ni salir contigo a tomar algo, ni a un cine, ni a un nada. Lo único que quiero es que te acuestes conmigo, pero como no pienso insinuarlo, sigue caminando por tu acera, que yo te miro el culo desde la mía.

(Fotografía de Gari Garaialde)
Ultimamente, cuando me miro al espejo tengo la misma sensación que cuando camino por el barrio donde vivía de pequeña: la panadería ahora es un banco, la ferretería una multinacional, la pastelería una tienda de informática, y la cafetería de siempre está de reformas y pronto será un gigantesco sexshop.

Nací en el Pacífico mientras mis padres sobrevolaban el mar. Al aterrizar, la compañía aérea nos regaló todos los billetes de avión para volar donde quisiéramos durante toda la vida y como muestra de agradecimiento, a mí me llamaron Lufthansa. Desde entonces, mi vida ha transcurrido casi todo el tiempo en una terminal de aeropuerto. Cada mañana, cuando salgo de casa para ir a trabajar en una oficina del INEM, de la que salgo a las tres, voy en el metro planeando la tarde, mientras saco mi mapa del bolso y lo extiendo lo mejor que puedo. Los viernes me voy más lejos. En Barajas conozco a toda la tripulación de tierra, y a mi mejor amiga, Alberta, la vi por primera vez cuando me ayudó a colocar el equipaje de mano en un vuelo de Aeroflot. Es azafata. Siempre que podemos, quedamos para darnos un festín de curry con AirIndia, y después ella se vuelve en el primer vuelo que salga hacia Abu Dhabi, en cuyo duty free trabaja el chico que le gusta.
No hay aeropuerto internacional que no conozca, y de los pequeños me quedan pocos, unos tres o cuatro. Los aeropuertos privados no me interesan, y los helipuertos, ni te cuento.
Ahora he quedado con mis padres en el punto de fumadores de la terminal tres del aeropuerto de Zurich. Por lo visto mi madre no está bien. Tantos cambios de presión la están afectando. Así que aprovecharemos para tomarnos la tensión y hacernos análisis de sangre en la nueva máquina expendedora de diagnósticos sobre la marcha que me ha contado Alberta que han instalado en ese aeropuerto.

Tengo una amiga que vive en una casa muy antigua, cruzada por un estrecho y largo pasillo que desemboca en una escalera que no llega a ningún sitio. Siempre que voy, me escabullo y cruzo. Entonces subo y respiro. A veces, no tener que llegar a ningún sitio me produce una enorme sensación de alivio.

A veces el viento abre las ventanas de mi casa de golpe y me la ordena. A veces las cierra y se lleva los muebles.

He decidido convertirme, creer mucho en algo. Creer en algo tanto como para que mi propia existencia quede relegada a un segundo plano. Así que a partir de hoy seré piadosa, pía, pura, bondadosa. Empezaré por buscarme un ser supremo o un algo al que arrimarme. Convertiré mis lágrimas en gotas de sangre provocadas por el sufrimiento que me produce una fe tan intensa. Ay… ya… creo que ya lo estoy notando. Y ahora, en seguida, tras unos breves instantes de dolor agudo, llegará el arrepentimiento… Aquí está. Ya lo tengo.